Espiritualidad

Si para corregir necesitas humillar, no sabes enseñar

El arte de enseñar es una ardua tarea que requiere de paciencia, empatía, entendimiento y vocación para transmitir conocimientos, experiencias y moralejas.

Un buen profesor conoce y aplica las mejores estrategias para enseñar sin tener que recurrir a la humillación, la burla o el menosprecio ante las dudas de otros.

Sólo quienes realmente están dedicados a la labor de la enseñanza, emplean nuevas alternativas y ejemplos capaces de ayudar incluso a las mentes más difíciles. Debido a que son profesores de corazón y vocación, quienes disfrutan de enseñar a otras personas, todas las maravillas de la vida.

Un verdadero maestro evita cualquier acto de humillación, debido a que sabe las implicaciones y consecuencias que el mismo tendrá sobre sus alumnos. Dado que  reconoce, que esta acción solo demuestra la inseguridad y baja autoestima que el individuo posee y que manifiesta mediante su comportamiento.

Un error que cometen de forma frecuente –e inconsciente-,  padres, madres, maestros y adultos responsables de la crianza de los más jóvenes. Al creer que solo mediante la humillación se logrará enseñar a no cometer los mismos errores, malentendidos o equivocaciones.

Humillar no es igual a enseñar

Contrario a la creencia popular, al humillar, no se educa ni enseña más que el sentimiento de vergüenza, rencor y resentimiento. Debido a que consiste en una herida emocional, capaz de afectar de forma negativa el desarrollo y crecimiento de los jóvenes.

La humillación crea una brecha emocional en la víctima de tal acto, quien se ve atacada de forma personal por sus padres o maestros debido a su pensamiento o comportamiento. Un sentimiento negativo que nubla y obstaculiza cualquier intento de mejora por parte del individuo afectado.

Es por ello que al enseñar, los maestros deben evitar cualquier acto de humillación contra sus estudiantes. Debido a que más que un correctivo, al humillar solo se logra destruir la confianza y autoestima de las personas.

Cuando se trata de corregir y enseñar, un maestro debe hacer con paciencia, empatía y entendimiento. Con una mente abierta hacia los errores y hacia los pensamientos distintos que cada joven posee, de forma de entablar un dialogo. Sin tener que recurrir a las vejaciones, burlas o desprecio.

Se debe tener una mano suave y amable, con la fortaleza de dirigir a los más jóvenes con firmeza pero con aprecio y respeto hacia los otros individuos. Solo así, los hijos y estudiantes, podrán comprender, reconocer y admitir sus equivocaciones o malentendidos de forma asertiva.

De esta forma, el vínculo entre un maestro y sus alumnos, crece basado en la confianza, respeto, admiración y entendimiento de ambas partes. Facilitando la enseñanza y la absorción de los conocimientos, al crear un ambiente libre de burlas y humillaciones.